Aprovechando que este mes la revista Offarm publica mi reportaje sobre el Círculo Polar Ártico y que se aproximan las navidades, quizás sea un momento idóneo para hablar de fotografía bajo cero…
Y no es que esté hablando del momento económico que vivimos en la profesión, si no de cómo, ataviado como una cebolla, pasé doce horas montado (por primera vez en mi vida) en una moto de nieve, para visitar hoteles de hielo que se inauguran con las nieves más asentadas de diciembre y se funden a mediados de abril. La excursión en moto me dejó, aparte de varios trompazos de campeonato, una tendinitis que arrastro desde hace tres años y que me produce una eventual cojera cuando camino. ¡Gajes del oficio! Más cómodo fue viajar en rompehielos.
Lo que os quería comentar de este reportaje es un tema que surge a menudo en mis talleres. Acostumbrado a la película calibrada para luz de día, cuando trabajo en digital prefiero que la cámara actúe también de esta manera. Nunca en automático. Si deseo eliminar la dominante, tiempo tendré en el ordenador para aplicar el software necesario. Pero no quiero que la cámara decida por mí el aspecto que persigo en mis fotografías ¿Por qué? La razón es que me gusta que las dominantes de la luz, tanto natural como artificial, proporcionen una cierta personalidad a mis imágenes.
Siendo blancos, tanto el hielo como la nieve, para darle un cierto contenido gráfico a los hoteles este planteamiento resultó especialmente efectivo.
¡Ah! Y un comentario final: protegido con trajes de neopreno, anorak de pluma, camisetas de felpa y todo lo que encontré en el armario para fotografiar entre 15 y 35 bajo cero… lo cierto es que nunca he pasado tanto calor como en aquellos cálidos interiores árticos en los que entrabas como si fueras el muñeco de Michelin. La noche salía por unos 300 € y no hay peligro de incendios.




Tomar fotografías en Cuba es fácil porque la gente es encantadora y la isla, a pesar de su estado ruinoso, mantiene un encanto del que, para mi gusto, carecen otros enclaves caribeños con influencias menos latinas. De manera no hay mucho que explicar sobre las imágenes. Sólo reseñar que, en Varadero, llovió sin cesar los diez días que permanecí “varado” en mi habitación. Ya se sabe que cuando un fotógrafo profesional trabaja sobre el terreno atrae tormentas, monzones o incluso, de vez en cuando, alguna que otra inundación. En otras crónicas os hablaré de metereología. El caso es que las imágenes de Varadero tuve que resolverlas en cuatro horas, el mismo día que salía mi avión de retorno a España.


... la ambulancia en la que viajé tuvo un accidente al cabo de unos días en Lleida y sus ocupantes estuvieron de baja un año, recuperándose de las heridas. Todo conlleva su riesgo.

Así, en el pequeño pueblo de Llafranc, en la provincia de Girona, Rambo, el alter ego de Carles Bisbe, acude todos los años a
Tras la batalla empieza el espectáculo. Carles Bisbe prepara, a ritmo de una música trepidante, el famoso cóctel, legado de su tío "El gitano de la Costa Brava", con Cointreau, zumo de naranja, zumo de piña, todo tipo de frutas troceadas, cava catalán, unas gotas de angostura y licor de melocotón. El resultado es todavía más explosivo que los fuegos artificiales a su llegada...
La fiesta continúa hasta avanzada la madrugada animada por los músicos liberados por Rambo. El propietario del Hotel Llafranch suele organizar espectáculos basados en este personaje a lo largo del año; pero es coincidiendo con las fiestas de agosto que inunda literalmente de alcohol las inmaculadas aceras de este rincón ampurdanés.

Los editores –y en el Geographic no son una excepción- valoran que el fotógrafo les libere de problemas ajenos a la selección de las imágenes, lo que a la postre es su trabajo. Esa autonomía es un valor añadido cuando eligen un fotógrafo. Lo ideal es que, confirmado el encargo, el siguiente mensaje que recibe un editor gráfico sea concretar la fecha y el modo de entrega de las imágenes. Por eso no todo el mundo está preparado para moverse con soltura y, a menudo, sin compañía, por regiones remotas. Eso no se aprende en las escuelas de fotografía.
En otros casos, como en Patmos, me tuve que presentar a las dos de la mañana al puerto, maleta en mano, y esperar que apareciera, a la hora que fuera, un barco… ¡Y rezar para que se dirigiera a Atenas!. Ignoro la razón pero, hasta que el navío no estaba anclado, no se podían adquirir los billetes en las taquillas del puerto.



