Miguel Indurain estaba a punto de iniciar su quinto Tour de France. Tres semanas antes de la gran prueba se celebró la Vuelta a Asturias. Pepe Baeza, el director gráfico de El Magazine, me llamó un buen día y me encargó que siguiera a Indurain durante un par de etapas (no había tiempo para más) y que enseguida le enviara las diapositivas para que el artículo saliera publicado justo el domingo que empezaba el Tour.
-“¿Te he oído bien, Pepe? ¡ si no soy un especialista en deportes!– le comenté, por decir algo, a pesar que tenía la convicción que Pepe no había marcado inconscientemente mi número de teléfono.
-“Lo que sucede es que, con toda probabilidad, los otros dominicales publicarán imágenes deportivas de Miguel Indurain, y yo quiero una mirada diferente” – contestó.
Una vez en Oviedo me convertí en la sombra del gran ciclista, salvando como pude las limitaciones impuestas a la prensa (habían cientos de periodistas). Como fuera que en la primera etapa entró vencedor a la meta ganó todos los premios. Creo recordar que fueron cinco copas.
Claro que, por eso de la foto, no se las entregaron todas de golpe. Le dieron una, por ejemplo, la del premio de la montaña. Él la levantaba. Los fotógrafos hacíamos la obligada foto e Indurain volvía a un extremo del estrado a esperar el siguiente trofeo. Y el proceso se repetiría cinco veces.
Tras tomar junto a mis colegas la consabida y nada original imagen del ciclista con los brazos en alto me dí cuenta que una foto tópica no era lo que "El Magazine" esperaba de mí. Me aparte del "pelotón"… y fue entonces cuando percibí algo diferente: una apasionada quinceañera había sorteado los controles de seguridad y trataba de comérselo a besos cada vez que el ciclista volvía al rincón.
A todo eso, estábamos ya en la antepenúltima entrega. Fotografié la situación, aprovechando que los dos protagonistas tenían palabras un poco antagónicas entre ellos y no estaban por nadie; pero por desgracia la escena tenía lugar bajo un riguroso contraluz. Cargué el flash y me lo jugué todo a una última baza: la quinta copa. Y esa fue la historia que El Magazine publicó. Una foto en cada página y, la última, no fue precisamente el pentacampeón quien la cerró. La apasionada quinceañera tuvo su momento de gloria y me proporcionó una mirada diferente sobre un ídolo deportivo. A menudo conviene observar las situaciones libre de tópicos.





La Associación “

Confío que las imágenes que ilustran este blog hablen por sí mismas. Me gustaría insistir, una vez más, que el valor que tiene mi profesión no son las fotos que haces, sino el contacto con las personas que se cruzan en tu camino. Desde Tania, la abuelita aventurera de 84 años con la que tuve que improvisar unas clases particulares de fotografía (¡se empeñó en aprender cómo funcionan las cámaras digitales cuando le mostré un pequeño vídeo en el respaldo de mi
¡Ah! El tema apareció en la revista 



A principios de los noventa empezó lo que sería para mí la mejor escuela de fotografía de viajes posible, por mi poca experiencia: colaborar con RONDA IBERIA. Mi compañera -y eterna representante- Anna Oliver, pidió una cita con Damián García-Puig para mostrarle mi trabajo. No había mucho todavía: paisajes de Banyoles y campesinos de la Garrotxa. Esta combinación de retratos y naturaleza convenció al entonces jefe de arte del grupo Zeta y me recomendó como colaborador a Montse Fernández, la directora de la revista.
Por suerte el director de arte encontró razonable la calidad de las imágenes, a la vista de los catastróficos informes de la prensa gallega, y tuve una nueva oportunidad: Barcelona-92. El tiempo me fue más favorable e incluso le saqué juego a los nubarrones que se cernían sobre la Sagrada Familia.

Por la mañana voy a fisioterapia, para recuperar la movilidad de la pierna operada. Primero con la ayuda de una máquina y después con las manos de la “fisio” me mueven la rodilla. Después nos vamos corriendo a casa a comer porque a las tres viene mi maestra.

En marzo de 1990, cuando la guerra de los Balcanes se acababa, El País Semanal nos envió a Jesús Rodríguez y a mí a Sarajevo para que hiciéramos, entre otros, un reportaje sobre Carlos Westendorp. En pocas palabras resumiré la situación: Carlos era el Alto Comisionado de las Naciones Unidas y trabajaba en una constitución y una bandera para Bosnia-Herzegovina, que debía ser aceptada por los tres bandos contendientes. ¡Ahí es nada!
Westendorp mediaba con los líderes de las distintas facciones y, para ganar tiempo, solía usar un helicóptero de la OTAN tripulado por alemanes. En una hora llegábamos, por ejemplo, a la República Srpska, para negociar con Biljana Plavsic, que actualmente cumple condena en Suecia por su responsabilidad por crímenes de guerra. El peligro era constante. La semana anterior habían derribado un helicóptero como el nuestro y murieron varios colaboradores de Westendorp. Nunca me han gustado demasiado los helicópteros y, en esta ocasión, reconozco que volé por pura profesionalidad. O eso, o me quedaba sin las fotos.
Sin embargo la historia que quería contar es otra: llegamos desde Mostar en autobús con Jesús y fuimos directamente al Cuartel General de las Naciones Unidas. Al cabo de un par de horas de espera, aislados en un despacho, la secretaria nos avisó que Westendorp estaba listo para una sesión de fotos.
San Fermín fue una cura de humildad. Si, como fotógrafo, hubiera albergado una mínima vanidad sobre mi trabajo, tras comprobar la efectividad de los compañeros de la prensa diaria o los reporteros de agencia, se me habrían ido las ganas de creerme alguien especial. Los Sanfermines son una auténtica prueba de fuego para un fotógrafo. El evento principal transcurre a las ocho de la mañana: el encierro. La carrera de los toros frente al objetivo dura apenas unos segundos... que a mi se me antojaron milésimas.


