Amber y su padre, en la cámara de aislamiento, esta semanaComo supongo sabréis a Amber le hicieron la transfusión de células madre el martes 17 de marzo. La verdad es que los primeros días después de la transfusión parecía no haberle afectado mucho pero el domingo de esa misma semana su estado empeoró terriblemente, como consecuencia de la falta de defensas le salieron llagas en la boca, esófago y estómago. Automáticamente dejó de comer (está alimentada vía catéter). La boca se le inchó muchísimo y ha estado muchos días con fiebre. Pobrecita mía no soportaba ni el ruido ni la luz. Lógicamente se ha mostrado muy irritable, enfadada con el mundo entero (incluída su mami) y al no poder hablar lo único que ha hecho ha sido gruñir. Su padre y yo hemos sido espectadores sin poder hacer nada, ¡ qué duro ha sido verla sufrir tanto...! y la cantidad de medicamentos que le han puesto... incluso tiene una bomba de morfina para aliviarle el dolor.
No obstante, parece que empieza a mejorar, la boca no la tiene tan inchada y está más ratos despierta (gruñir todavía gruñe!!) y hace 24h que no tiene fiebre: oé, oé, oé...!!! La comida todavía ni probarla pero todo se andará!
Quiero ser optimista y pensar que lo peor ha pasado, así que si todo va bien lo único que le quedará para acabar el tratamiento después del auto-transplante serán unas sesiones de radioterapia y ya está !!!!!!! Y este verano......a EuroDisney (su sueño!) !!!!!!!!
Espero poder volver a escribiros con buenas noticias.
Un abrazo y cuidaos mucho !!!!!
Mariló.
Amber y Mariló se animan la una a la otra minutos antes del trasplante
Amber entra en el quirófano
El equipo del hospital de Sant Pau durante el trasplanteNuevo mail: 20 de abril de 2009:
Hola a todos y todas,
Os comunico que Amber se ha recuperado muy bien del autotransplante. Después de sufrir lo insufrible está hecha un flor. De hecho, la doctora Torrent nos ha comentado que es posible que le den el alta durante esta semana: ¡qué emoción!. Todavía le queda la radioterapia y obviamente, los controles, pruebas y análisis los tendremos todavía durante mucho tiempo pero el hecho de no tener que dormir más en el hospital se nos presenta como algo maravilloso !!!!!!!!!
Además, Amber ha dicho la frase mágica: "mama, me aburrooooo..." que para ella no significa nada pero a mí me suenan a música celestial porque eso significa que se encuentra realmente bien y que, efectivamente, se aburre como una ostra de estar en el hospital.
En fin, que todo va por buen camino.
Un abrazo a todos y cuidaos mucho !
Mariló.


A principios de los noventa empezó lo que sería para mí la mejor escuela de fotografía de viajes posible, por mi poca experiencia: colaborar con RONDA IBERIA. Mi compañera -y eterna representante- Anna Oliver, pidió una cita con Damián García-Puig para mostrarle mi trabajo. No había mucho todavía: paisajes de Banyoles y campesinos de la Garrotxa. Esta combinación de retratos y naturaleza convenció al entonces jefe de arte del grupo Zeta y me recomendó como colaborador a Montse Fernández, la directora de la revista.
Por suerte el director de arte encontró razonable la calidad de las imágenes, a la vista de los catastróficos informes de la prensa gallega, y tuve una nueva oportunidad: Barcelona-92. El tiempo me fue más favorable e incluso le saqué juego a los nubarrones que se cernían sobre la Sagrada Familia.

Por la mañana voy a fisioterapia, para recuperar la movilidad de la pierna operada. Primero con la ayuda de una máquina y después con las manos de la “fisio” me mueven la rodilla. Después nos vamos corriendo a casa a comer porque a las tres viene mi maestra.

En marzo de 1990, cuando la guerra de los Balcanes se acababa, El País Semanal nos envió a Jesús Rodríguez y a mí a Sarajevo para que hiciéramos, entre otros, un reportaje sobre Carlos Westendorp. En pocas palabras resumiré la situación: Carlos era el Alto Comisionado de las Naciones Unidas y trabajaba en una constitución y una bandera para Bosnia-Herzegovina, que debía ser aceptada por los tres bandos contendientes. ¡Ahí es nada!
Westendorp mediaba con los líderes de las distintas facciones y, para ganar tiempo, solía usar un helicóptero de la OTAN tripulado por alemanes. En una hora llegábamos, por ejemplo, a la República Srpska, para negociar con Biljana Plavsic, que actualmente cumple condena en Suecia por su responsabilidad por crímenes de guerra. El peligro era constante. La semana anterior habían derribado un helicóptero como el nuestro y murieron varios colaboradores de Westendorp. Nunca me han gustado demasiado los helicópteros y, en esta ocasión, reconozco que volé por pura profesionalidad. O eso, o me quedaba sin las fotos.
Sin embargo la historia que quería contar es otra: llegamos desde Mostar en autobús con Jesús y fuimos directamente al Cuartel General de las Naciones Unidas. Al cabo de un par de horas de espera, aislados en un despacho, la secretaria nos avisó que Westendorp estaba listo para una sesión de fotos.
San Fermín fue una cura de humildad. Si, como fotógrafo, hubiera albergado una mínima vanidad sobre mi trabajo, tras comprobar la efectividad de los compañeros de la prensa diaria o los reporteros de agencia, se me habrían ido las ganas de creerme alguien especial. Los Sanfermines son una auténtica prueba de fuego para un fotógrafo. El evento principal transcurre a las ocho de la mañana: el encierro. La carrera de los toros frente al objetivo dura apenas unos segundos... que a mi se me antojaron milésimas.


Uno de los encargos más apasionantes de mi carrera fue una idea de la Fundación "la Caixa": documentar algunos proyectos sociales emblemáticos y utilizar esas imágenes en campañas publicitarias que anunciarían concesiones de becas para proyectos sociales.
Cuando al final se eligieron las imágenes de la campaña surgió un nuevo problema. Hacía falta el permiso de algunos emigrantes sin papeles que, dada su situación irregular, se habían negado a firmar el consentimiento. Pero como un banco es un banco, y siempre es previsible una demanda contra una entidad financiera si no están bien ligados los derechos de imagen, no tuve más remedio que perderme entre carreteras vecinales de La Mancha hasta que divisé a “mis emigrantes” recolectando uvas en unas viñas alejadas del camino. Fue como buscar una aguja en un pajar, pero al final firmaron y sus imágenes inundaron las oficinas de La Caixa y, de rebote, los conoció España entera.

Mi primer reportaje importante para National Geographic Traveler me llevó a Umbría. El encargo consistía en fotografiar esa bellísima región italiana, cercana a la Toscana, desde la mirada de una familia rica. El hilo principal de la narración era “Alquilar una Villa en Italia”, un lujo al alcance de muy pocos.
Otra buena noticia fue que una de las fotos de Umbría, la que tomé en la basílica de San Francisco de Asís, fue también portada de una de las ediciones de “El Código da Vinci”. ¡ Un reportaje de portadas !


Como fotografiaba con película, salí con una Leica M6 y dos objetivos (28 y 35 mm) y una Nikon FM2 con dos ópticas diferentes: un 20 y un 85 mm. La anécdota fue que, a los pocos minutos de abandonar Moscú, la palanca de rebobinado de la Leica se me quedó en la mano y no hubo forma de repararla en todo el viaje. De manera que tuve que improvisar con mi vieja réflex y, encima, dados los horarios tan apretados con que viajábamos, nada de “hora mágica” ni otras lindeces. Inauguré un nuevo estilo de fotografía menos glamoroso, pero que con el tiempo resultó muy eficiente: el “aquí te pillo, aquí te mato”. Así se hace uno reportero, a base de sustos.

Un exponente de cómo son muchos encargos de fotografía profesional fueron mis primeros trabajos para la National Geographic Society, hace ahora 10 años. No me enviaron a los confines del mundo -como me hubiera gustado- para lucirme con un arriesgado reportaje de aventuras. La realidad fue menos galmorosa: me propusieron colaborar en la sección “48 horas” de la revista. Como el título indica, el reportero se pasa un día o dos en el destino, fotografiando hoteles, restaurantes de moda y tiendas “chic”. La primera foto que publiqué en NG Traveler fue la del hotel provenzal “La Bastide de Capelongue” y la segunda, la del hijo de la propietaria, un joven chef poseedor de una estrella Michelin.
La comida no la olvidaré mientras viva. Abrieron el restaurante sólo para mi y, tras tomar las fotografias oportunas, degusté todos y cada uno de los platos que me vino en gana. “No podrías haber pagado el coste de esta comida” –me comentó el chef. Cocineros y personal auxiliar trabajaron contra reloj para elaborar una veintena de exquisitos platos. He aquí una de las grandes verdades de esta profesión: en fotografía profesional de viajes cobramos para mostrar lujos y paraísos a los que no podríamos haber accedido con el dinero que cobramos. 

