
Durante meses fotografié emigrantes sin papeles, adultos y niños en prisión, disminuidos psíquicos y físicos, familias sin recursos en barrios infectos… unas veces con más acierto que otras, pero siempre procurando narrar lo que tenía delante en su justo punto. Ni pasarme de dramatismo, ni buscando ejercicios de composición a costa de los problemas de esas personas.
Este trabajo me permitió experiencias maravillosas, como habitar en un piso donde compartían una vida independiente un grupo de muchachos con Síndrome de Down; observar terapias con animales para jóvenes con autismo o participar en colonias destinadas a familias con niños pequeños (todas cumplían penas de cárcel por delitos menores) a punto de acabar su condena.
Obviamente a muchas personas en prisión atenuada que ya estaban buscando trabajo no les apetecía lo más mínimo aparecer en campañas publicitarias vistas por millones de personas en prensa y televisión. Por descontado que no tomé una foto sin consentimiento, pero me encontré con una curiosa restricción: cuando los niños viven presos con sus padres, éstos no tienen la potestad de permitir que les fotografíen. Por decirlo de alguna manera, el consentimiento correspondería al Estado que, como no lo da (de hecho no supe a quien pedirlo) me obligó a fotografiarlos de espaldas.


Hace muchos años que leí tu libro "la fotografía en los viajes" y desde entonces he ido siguiendo tu trabajo aquí y allá.Te agradezco enormemente que compartas todas estas historias que hay detrás de los reportajes.Un saludo.
ResponderEliminarNo dejas de sorprenderme en la narración de tus reportajes. Cada fantástica fotografía tiene una fantástica historia. Tus imágenes llenas de frescura nos enseñan a mirar y en muchas ocasiones nos invitan a una reflexión optimista.
ResponderEliminarUn enorme abrazo.